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El Castillo de Madruzzo (p.3/3)

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En 1567 Cristoforo, no sin sucesivos arrepentimientos, renunció al principado a favor de su sobrino Ludovico y se retiró a Roma. Murió en la villa d’Este, en Tivoli, el 5 de julio de 1578.

La resonancia que las vicisitudes de Casa Madruzzo produjeron en el mundo de entonces, dieron un puesto de honor a la Casa, pero también sirvieron para alimentar rumores y para crear verdaderas leyendas sobre los miembros del Principado que gozaban de mayor consideración.

Florecieron las más variadas versiones sobre la aparición de los Señores de Nanno en la historia de Madruzzo, sobre su apego no sólo a las propiedades sino también al nombre de la Casa. Se decía que los Señores de castel Nanno se habían convertido en los padrones de Madruzzo por título de herencia, pero gracias a un parentesco descendiente de uniones clandestinas que incluso no se sabía si atribuir a la parte de los laicos o de los sacerdotes de la Familia. En efecto, se murmuraba que el encarnizamiento del obispo Ludovico Madruzzo contra las reformas de la Iglesia sobre el coadjutorado estaba sostenido sólo por un interés privado, el de garantizar a su sobrino la Iglesia de Trento.

Lo cierto es que el principado episcopal de Madruzzo se transmitió durante casi un siglo y medio de tío a sobrino y que los Madruzzo se empeñaron en defender los derechos tridentinos de Austria oponiéndose a la solicitud del Tirol de comenzar a formar parte del “Consulado ciudadano” para evitar que la ciudad pudiera ser considerada “plurilingüe” ; así hicieron también cuando llamaron a Trento a los Jesuitas con la excusa de que la enseñanza escolástica de entonces no era adecuada a para la época.

Ludovico, “hombre de armas y de política”, había sido ya legado apostólico en la dieta de Augusta y embajador del emperador Fernando I en Francia cuando en 1561 se convirtió en Cardenal: Su gobierno no transcurrió sin contrastes: por los conflictos con el Archiduque de Austria Fernando, conde del Tirol, que se apoderó con las armas del Principado, fue obligado a huir a Roma. Logró volver de su exilio sólo nueve años después, en 1578, cuando gracias a la mediación del emperador Maximiliano, del papa Pío V y del cardenal Borromeo, la cuestión fue resuelta.

Como su célebre tío, también Ludovico, que murió en Roma en 1600, tuvo una larga e intensa vida política que lo llevó a menudo a ocupar posiciones de primer plano en las atormentadas cuestiones religiosas que agitaban la Europa de aquéllos años. También sobre él las opiniones son discordantes; se sirvió a menudo con desaprensión de la propia autoridad, conquistándose la fama de tirano, pero muchos de sus contemporáneos le reconocieron también las dotes de “modestia” y “piedad”, unidas a una segura preparación doctrinaria.

El tercer príncipe obispo de la familia Madruzzo fue Carlo Gaudenzio, hijo de Isabelle de Challant y de Giovanni Federico, un miembro de la familia que, amigo y embajador de Emanuele Filiberto de Savoya, se había distinguido por haber combatido contra los turcos en Hungría. Nacido en el castillo de Issogne en el valle de Aosta en 1562, también Carlo Gaudenzio siguió el camino de sus predecesores y fue designado cardenal en 1604. Se convirtió en príncipe obispo gracias a las maniobras de su tío y a la voluntad del emperador Rodolfo.

Se demostró, en años oscuros para la ciudad que vio entonces la entrada de los Jesuitas y los procesos a las brujas, un administrador bastante sensato del principado: promulgó varias constituciones sobre el modo de realizar los censos y de regular las vacaciones de los empleados; redactó severos reglamentos contra los usureros y los contratos de usura; introdujo aquello que es definido “un discreto ordenamiento escolástico”.

También él pidió y obtuvo, gracias al apoyo del emperador Fernando, que el obispado de Trento pasara en sucesión a su sobrino Carlo Emanuele. De él se dice que “salvo el hecho de que hubiera pecado mortalmente antes que dejar que saliera de la familia el obispado de Trento, fue hombre loable”. Murió en Roma el 14 de agosto de 1629.

El 4 de enero del mismo año Carlo Emanuele se convirtió en obispo de Trento: había nacido en Issogne, como su tío, en 1599 y fue tal vez la figura más discutida de toda la familia Madruzzo.

El “reino” que Carlo Emanuele –Madruzzo IV – heredó de su tío Carlo Gaudenzio (aún cuando con pocas ganas de ser obispo) era bastante ambicionado, pero el joven Madruzzo (23 años) tuvo que gobernar en un momento en el cual la situación político-religiosa de Trento tendía a empeorar. Comenzaba la guerra de los treinta años, las polémicas entre imperio y papado se prolongaban y los tiroleses se aprovecharon de cada situación desfavorable para el joven Madruzzo que en 1629 se había convertido en príncipe obispo y cardenal. Su fuga de Trento en los años de la peste y su escandaloso amor por Claudia Particella, la hija del hombre más importante de la ciudad y su consejero, fueron usados en su contra.

El óptimo trabajo que Carlo Emanuele hizo en defensa de las sedes episcopales de Trento y Bressanone, le valió el renovado reconocimiento de un especial estado de autonomía para el Trentino (alrededor de 1648). Este acontecimiento lo estimuló a forzar el requerimiento de obtener la dispensa romana y casarse con Claudia, dispensa varias veces rechazada con indignación, hasta la legendaria bofetada dada al papa Alejandro VI durante el último y tempestuoso coloquio.

Carlo Emanuele permaneció ligado hasta la muerte a aquella muchacha con rostro de Madonna, cabellos rubios, ojos negros y mirada cautivante que muchos consideran como la modelo del cuadro de Santa Lucía aún presente en la capilla de Calavino, cerca de Madruzzo. Carlo Emanuele murió improvisamente el 15 de diciembre de 1658.

Ha sido necesario encuadrar un poco más de cerca las vicisitudes que marcaron la vida del último Madruzzo: con él se extinguió no sólo la familia Madruzzo sino también el esplendor de una Casa que gobernó la escena política durante muchos años; su desaparición posibilitó a Austria una progresiva soberanía sobre el Trentino, que duró más de dos siglos y medio.

La vida de Carlo Emanuele Madruzzo dio óptimas ocasiones a la fantasía popular porque contenía todos aquellos ingredientes naturales y útiles para la construcción de relatos de aventuras y leyendas picantes: un amor prohibido, la guerra, la peste, la riqueza…..todo esto enriquecido por la férvida imaginación de quien agregó a las ‘historias’ relatos de homicidios, sangre, venenos y traición.

Las leyendas sobre las vicisitudes terrenas de Carlo Emanuele Madruzzo pasaron de mano en mano en los años que siguieron, hasta aparecer casi tres siglos después bajo forma de historia por entregas en el periódico el “Popolo” (1910).

Fue una iniciativa del director de la publicación, Cesare Battisti, que luego se convirtió en el héroe del irredentismo italiano quien, para mejorar la situación del periódico y garantizar la renovación de las suscripciones, encargó a Benito Mussolini, el periodista más renombrado del momento, escribir una novela para publicar por entregas, sobre un tema que él mismo había ya tratado tiempo atrás.

El hombre-periodista había transcurrido ocho meses de trabajo como secretario de la Cámara del Trabajo de Trento, como director del “Avvenire” primero y luego jefe de redacción del Popolo y había sido acompañado al confín y expulsado de Trento, habiendo totalizado cerca de siete condenas por violaciones de las leyes de prensa, alboroto nocturno e incitación a la violencia. De vuelta en Forli, reexaminó los apuntes tomados en la Biblioteca Comunal de Trento, elaboró las leyendas que circulaban sobre los Madruzzo, agregó a la historia verdadera muertes y asesinatos e inventó un par de personajes: Rachele, doncella fiel de Claudia y Don Benizio, consejero de Carlo Emanuele. Escribió “su historia” sobre Carlo Emanuele, príncipe obispo de Madruzzo y la envió a Trento.

El resultado fue una novela apasionante y convincente que tenía como protagonista a un obispo sin escrúpulos, traidor y homicida: una historia que él mismo definió, posteriormente, “un libro de propaganda política” (entrevista de Emil Ludwig a Benito Mussolini en 1932), después de la firma del Concordato con el Vaticano).

Hubo otros personajes de la Historia que unieron sus nombres al del castillo de Madruzzo, aunque sólo por breves períodos y en ocasiones bastante diferentes,

Fue durante una de las invasiones españolas que el duque de Vendome, enviado en Italia para combatir al príncipe Eugenio (impidiéndole así dar auxilio al duque de Savoya), destruyó en su pasaje también Madruzzo (1703), incendiando el castillo y el parque.

En los 40 años que precedieron la llegada de las tropas incendiarias de Vendome, el castillo de Madruzzo, muerto Carlo Emanuele sin dejar herederos directos, pasó a la familia Lenoncourt (gracias a un lejano parentesco) y luego a la familia del Carretto de Génova, que administró la gran residencia con escaso interés. Después del incendio, los nuevos propietarios no estuvieron en condiciones de reparar los daños más graves, de manera que por su falta de atención la destrucción del castillo prosiguió, incluso por mano de la gente de los alrededores que podía servirse libremente de las ruinas para reconstruir los poblados del valle.

El período más ruinoso de la historia de Madruzzo terminó finalmente en los primeros años del siglo XIX, cuando el castillo fue subastado y adquirido por la familia Larcher de Trento, que comenzó una lenta obra de reconstrucción de la residencia y de reestructuración del parque.

Otro personaje de relieve en la historia de la literatura italiana se detiene en Madruzzo cuando todavía el Trentino pertenece a Austria y, mirando por las ventanas de la fortaleza hacia Italia, escribe sobre su Patria (Corriere della Sera – 1893). Era Antonio Fogazzaro, pariente de los Larcher, que pasó un período en Madruzzo para terminar “Malombra”, su primera novela de verdadero éxito. A Castel Madruzzo dedicó en 1899 “Sonatine bizzarre”.

Las últimas importantes y severas restauraciones - todavía en curso - fueron realizadas por los actuales propietarios, una familia que con su empeño ha contribuido a restituir al antiguo castillo su fisonomía del Quinientos, su autoridad y la memoria de los años transcurridos.

Los recuerdos vuelven y la antigua fortaleza vuelve a vivir a través de la historia de una Italia finalmente unida y soberana pero todavía lacerada por graves problemas y en el umbral de una unidad europea. Todos los años las pesadas puertas del castillo se reabren y los largos muros medievales parecieran querer acompañar a los modernos vehículos que tratan de trepar por la antigua senda excavada en la roca. El lugar que hace tiempo fue el escenario de un célebre Concilio aloja hoy a quien por interés, por cultura o por empeño cotidiano aporta algún elemento nuevo, alguna sugerencia o iniciativa para “reformar” lo que ya no es posible aceptar y para “contrarreformar” lo que ha sido mal planteado en nuestro país.

No es posible describir aquí la pompa y la riqueza de otros tiempos, sino más simplemente la elegancia y la serenidad con la cual se realizan los “Incontri di Madruzzo”. Pero quien interviene, quien participa o quien propone favorece por “censo” el recuerdo de importantes acontecimientos históricos. Todo es mantenido en la reserva más absoluta. Son personalidades de la cultura, de la ciencia, de la política y de la economía que espontáneamente se encuentran e intercambian.

Tal vez un día alguien encontrará algunas alusiones y detalles que le permitirán construir un “relato fantástico” sobre estos “encuentros”; algún audaz encontrará analogías entre los nombres del pasado y del presente y podrá también dudar de las motivaciones que impulsan hoy a algunos hombres a creer en este tipo de comunicación.

Todo esto ha sido ya previsto.

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